Les costaba ponerse de acuerdo; de hecho, rara vez estaban de acuerdo. Discutían todo el tiempo, y se desafiaban todos los días. Pero a pesar de sus diferencias tenían algo importante en común: estaban locos el uno por el otro.
En realidad podría explicar que fue él quien me saco del pozo en el que me lanzaron tantas y tantas veces, que me vió cuando para todos los demás era invisible. Podría contarles que estuvo ahí en los momentos precisos, en los instantes en los que mis ánimos flaqueaban y me sacaba una sonrisa, dos, tres, o las que hiciesen falta. Aunque había veces en los que ni haciendo mil carantoñas podía alegrar mi cara, y simplemente se sentaba a mi lado. Podría decirles que me fue conquistando poquito a poco, aceptando mis heridas, y respetando mi tristeza. Podría invitarles a que lo conocieran, a que pudiesen ver la luz que emana con esa sonrisa. A esa carita de niño pequeño que me pierde cada vez que la miro. Y sus ojos... podrían pasar inadvertidos, pero si te fijas con atención te capturan en su profundidad. Podría intentar describir el relajante sonido de su risa, o el peculiar tono de su voz. Debería narrarles la explosión que sufre mi corazón cuando le escucho hablar, el nerviosismo antes de verlo, las miradas a escondidas. Su paciencia, su cariño, su entrega. Tendría millones de razones para responder a esa pregunta.